“... Chiquilín, dame un ramo de vos,
así salgo a vender mis vergüenzas en flor...”[1]
La experiencia de la inundación, mejor dicho, la experiencia de encuentro con las personas que fueron directamente afectadas por ella, estuvo atravesado por una serie de sentimientos, todos diversos y a veces opuestos: la angustia por la impotencia fue acompañada por la satisfacción de escuchar a algunos sus propias penas y sentir que ese poco de atención y gesto tan simple aliviaba el dolor y quizá daba alguna chispa de esperanza y de dignidad. El rechazo por la situación y el miedo a que “algo” ocurra en el centro de evacuados, estuvo muy de cerca acompañado por el sentir una paternidad por los afectados más directamente, sintiendo como propio el dolor de los “hijos”, y por eso orar mucho por ellos, y velar por las noches su amargo sueño, desando despertar y que todo haya sido una horrible pesadilla. Otro contraste era saber que con gran parte de ellos había diferencias enormes, pero al mismo tiempo saberse hermanos, al menos en el dolor que a todos nos atraviesa en algún momento... sin enunciar, si quiera, el profundo sentimiento de ser todos hijos del mismo Padre.
César Vallejo, poeta peruano, expresa con rudeza la experiencia del dolor con su poema: Los Heraldos negros.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
así salgo a vender mis vergüenzas en flor...”[1]
La experiencia de la inundación, mejor dicho, la experiencia de encuentro con las personas que fueron directamente afectadas por ella, estuvo atravesado por una serie de sentimientos, todos diversos y a veces opuestos: la angustia por la impotencia fue acompañada por la satisfacción de escuchar a algunos sus propias penas y sentir que ese poco de atención y gesto tan simple aliviaba el dolor y quizá daba alguna chispa de esperanza y de dignidad. El rechazo por la situación y el miedo a que “algo” ocurra en el centro de evacuados, estuvo muy de cerca acompañado por el sentir una paternidad por los afectados más directamente, sintiendo como propio el dolor de los “hijos”, y por eso orar mucho por ellos, y velar por las noches su amargo sueño, desando despertar y que todo haya sido una horrible pesadilla. Otro contraste era saber que con gran parte de ellos había diferencias enormes, pero al mismo tiempo saberse hermanos, al menos en el dolor que a todos nos atraviesa en algún momento... sin enunciar, si quiera, el profundo sentimiento de ser todos hijos del mismo Padre.
César Vallejo, poeta peruano, expresa con rudeza la experiencia del dolor con su poema: Los Heraldos negros.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
se empozara en el alma… Yo no sé!
.
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
.
Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Ellos (también nosotros), los directamente afectados se vieron enredados no solamente en el sentimiento de pérdida de sus cosas materiales, era como un golpe más a su dignidad, a su autoestima y a su “poquito de orgullo, porque es justo que lo tenga”[2]. Esta situación y experiencia crítica puso sobre el tapete de la vida un fuerte sentimiento de desprotección, de fragilidad del ser humano[3]; las personas volvieron sus ojos sobre sus historias, “como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada” y toda ella, la historia, se vino encima. Fue un tiempo en que pareciera que todo el dolor vivido a lo largo de la propia existencia se “empozara en el alma”, el peso de la vida se hizo sentir.
Volvieron a emerger experiencias de rechazo y marginación, de abandono e injusticia por vivir como se vive, la sensación de la vida es una mierda; mucho resentimiento y mucha pobreza afloraron como una gris flor de otoño. No fue el sólo hecho de la inundación, fue toda una vida, muchas historias concretas, que reflotaron o se pusieron frente a nuestras narices, de ellos y las nuestras, nos mostró lo que vivimos, algo que “ya estaba antes” y que necesitó de esta furia de la naturaleza, y furia de cierta negligencia, para darnos cuenta de cómo estábamos viviendo, de cómo queremos vivir...
Fue una crisis existencial, la de ellos y la nuestra, que nos dejó en “carne viva” frente a nuestra profunda y frágil verdad, que sacó a flote lo mejor... y lo peor de cada uno, y todo ello puesto en común, una especie de “amasijo de carne con madera”. Pura materia prima para que se pueda construir con ella lo mejor posible, una vida más cálida y mejor.
Muchos y muchas, ciertamente lo han aprovechado, han sacado vida de tanta muerte, han podido ver la mano providente que se les tendió, han reconocido la gran cantidad de hermanos que tenían cerca o lejos, no fue una excepción escuchar: “yo ni me trataba con mis vecinos y ahora...”, multitudes reconocieron que eran capaces de ser buenos, de dar amor, de acercarse a esos aparentemente tan diferentes a uno. Pero otros, ni cuenta se dieron de lo que pasó, se quedaron temerosos viviendo “sus vidas”. No hay que juzgar, ya tocará “otra inundación” que los ponga frente al desafío de enfrentar la vida y darse cuenta que la vida es para gastarla en bien de los demás y vivirla junto a los hermanos y hermanas que tenemos y que muchas veces no sabemos.
Ellos y nosotros..., es decir, nosotros, todos los que de alguna manera vivimos más o menos verdaderamente este momento de gracia, a la corta o a la larga, lo agradeceremos profundamente y podremos hacer como el aromo que:
“... Como no tiene reparo
todos los vientos le pegan.
Las heladas lo castigan,
l’agua pasa y no se queda.
Ansina vive el aromo
sin que ninguno lo sepa.
Con su poquito de orgullo
porque es justo que lo tenga.
Pero con l’alma tan linda
que no le brota una queja.
Que no teniendo alegrías
se hace flores de sus penas.
¡eso habrían de envidiarle
los otros si lo supieran!”[4]
Ellos (también nosotros), los directamente afectados se vieron enredados no solamente en el sentimiento de pérdida de sus cosas materiales, era como un golpe más a su dignidad, a su autoestima y a su “poquito de orgullo, porque es justo que lo tenga”[2]. Esta situación y experiencia crítica puso sobre el tapete de la vida un fuerte sentimiento de desprotección, de fragilidad del ser humano[3]; las personas volvieron sus ojos sobre sus historias, “como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada” y toda ella, la historia, se vino encima. Fue un tiempo en que pareciera que todo el dolor vivido a lo largo de la propia existencia se “empozara en el alma”, el peso de la vida se hizo sentir.
Volvieron a emerger experiencias de rechazo y marginación, de abandono e injusticia por vivir como se vive, la sensación de la vida es una mierda; mucho resentimiento y mucha pobreza afloraron como una gris flor de otoño. No fue el sólo hecho de la inundación, fue toda una vida, muchas historias concretas, que reflotaron o se pusieron frente a nuestras narices, de ellos y las nuestras, nos mostró lo que vivimos, algo que “ya estaba antes” y que necesitó de esta furia de la naturaleza, y furia de cierta negligencia, para darnos cuenta de cómo estábamos viviendo, de cómo queremos vivir...
Fue una crisis existencial, la de ellos y la nuestra, que nos dejó en “carne viva” frente a nuestra profunda y frágil verdad, que sacó a flote lo mejor... y lo peor de cada uno, y todo ello puesto en común, una especie de “amasijo de carne con madera”. Pura materia prima para que se pueda construir con ella lo mejor posible, una vida más cálida y mejor.
Muchos y muchas, ciertamente lo han aprovechado, han sacado vida de tanta muerte, han podido ver la mano providente que se les tendió, han reconocido la gran cantidad de hermanos que tenían cerca o lejos, no fue una excepción escuchar: “yo ni me trataba con mis vecinos y ahora...”, multitudes reconocieron que eran capaces de ser buenos, de dar amor, de acercarse a esos aparentemente tan diferentes a uno. Pero otros, ni cuenta se dieron de lo que pasó, se quedaron temerosos viviendo “sus vidas”. No hay que juzgar, ya tocará “otra inundación” que los ponga frente al desafío de enfrentar la vida y darse cuenta que la vida es para gastarla en bien de los demás y vivirla junto a los hermanos y hermanas que tenemos y que muchas veces no sabemos.
Ellos y nosotros..., es decir, nosotros, todos los que de alguna manera vivimos más o menos verdaderamente este momento de gracia, a la corta o a la larga, lo agradeceremos profundamente y podremos hacer como el aromo que:
“... Como no tiene reparo
todos los vientos le pegan.
Las heladas lo castigan,
l’agua pasa y no se queda.
Ansina vive el aromo
sin que ninguno lo sepa.
Con su poquito de orgullo
porque es justo que lo tenga.
Pero con l’alma tan linda
que no le brota una queja.
Que no teniendo alegrías
se hace flores de sus penas.
¡eso habrían de envidiarle
los otros si lo supieran!”[4]
[1] Ferrer, Horacio. Chiquilín de Bachín, tango.
[2] Yupanqui, Atahualpa – Risso, Romildo. El aromo. 1977.
[3] En parte podría esto haber hecho que muchos se abrieron nuevamente a la fe, aunque muchos no han logrado salir aún del enojo con una especie de dios castigador que “por algo hace las cosas”.
[4] Ver nota 2.
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