domingo, 31 de mayo de 2009

Sobre la experiencia de la gracia

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Karl Rahner, Escritos de Teología III, 103-107.
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¿Hemos tenido alguna vez y de veras la experiencia de la gracia? No nos referimos a cualquier sentimiento piadoso, a una elevación religiosa de día de fiesta o a una dulce consolación, sino a la experiencia de la gracia precisamente; a la visitación del Espíritu del Dios Trinitario, la cual se hizo realidad en Cristo, por su encarnación y muerte en cruz. ¿Pero es que se puede tener experiencia de la gracia en esta vida? Afirmarlo ¿no sería destruir la fe, la nube claroscuro que nos cubre mientras peregrinamos por la vida? Los místicos, sin embargo, nos dicen –y estarían dispuestos a testificar con su vida la verdad de su afirmación- que ellos han tenido experiencia de Dios y, por tanto, de la gracia. Pero el conocimiento experimental de Dios en la mística es una cosa oscura y misteriosa de la que no se puede hablar cuando no se ha tenido, y de la que no se hablará si se tiene. Nuestra pregunta, por tanto, no puede ser contestada sencillamente a priori. ¿Habrá tal vez grados en la experiencia de la gracia y serán accesibles los más bajos incluso para nosotros?Preguntémonos primero: ¿hemos tenido alguna vez la experiencia de lo espiritual en el hombre? (Lo aquí aludido por espíritu es también una difícil cuestión que no puede resolverse con una sola palabra). Tal vez contestemos: claro que sí, he tenido ya esa experiencia y la tengo cada día siempre. Pienso, estudio, me decido, actúo, tengo relaciones con los demás hombres, vivo en una comunidad que no se basa únicamente en lo vital, sino también en lo espiritual; amo, me alegro, gozo de la poesía, poseo los bienes de la cultura, de la ciencia, del arte, etc. Sé, por consiguiente, qué es espíritu. Pero no es tan sencillo. Todo eso es cierto, por supuesto. Pero en todas esas cosas el “espíritu” es (o puede ser) sólo una especie de ingrediente que se usa para hacer humana, bella y plena de sentido, en algún modo, esta vida terrena. El espíritu, en su verdadera trascendencia, puede no haber sido experimentado a pesar de todo eso. Y esto no quiere decir que sólo esté presente, en cuanto tal, allí donde se habla y filosofa sobre la trascendencia del espíritu. Todo lo contrario: eso no sería más que una experiencia secundaria y derivada del espíritu que impera en la vida del hombre no sólo como elemento interior. ¿Pero dónde está la verdadera experiencia? Intentemos nosotros mismos descubrirlo en nuestra propia experiencia. Sólo se puede tal vez aludir tímida y cautelosamente a algunas cosas.¿Nos hemos callado alguna vez, a pesar de las ganas de defendernos, aunque se nos haya tratado injustamente? ¿Hemos perdonado alguna vez, a pesar de no tener por ello ninguna recompensa, y cuando el silencioso perdón era aceptado como evidente? ¿Hemos obedecido alguna vez no por necesidad o porque de no obedecer hubiéramos tenido disgustos, sino sólo por esa realidad misteriosa, callada, inefable que llamamos Dios y su voluntad? ¿Hemos hecho algún sacrificio sin agradecimiento ni reconocimiento, hasta sin sentir ninguna satisfacción interior? ¿Hemos estado alguna vez totalmente solos?
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Redención

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“Largo es el camino ante nosotros...” y tu no abandonas la obra de tus manos, dulce yugo del que me encuentro necesitado. Dulce soledad, acompañada de tu mirada. Lágrima amarga que alivia, al caer en el propio corazón y en el del mundo, el agudo aguijón del maligno.“Largo es el camino, sin retorno, ante nosotros...” Sendero angosto y difícil; lleno de vida, tu camino. La muerte nos espera, pero no cualquier muerte, sino la que nos lleva a la vida. Oscura vía que lleva a la vida, de muerte en muerte ¡paradoja inaudita! ¡No sabemos de dónde vienes! ¡Es inútil saber a dónde vas! Sólo sabemos que la muerte nos lleva. “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas donde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras.”
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“Largo es el camino, de rebeldías. ante nosotros...” ¡Hasta cuándo con esto, carajo! ¡Hasta dónde la maldad en el mundo! ¡Dónde está la perla entre tanto barro humano! Dice el ingenuo: “La esperanza es lo último que se pierde”...¡a Gardel con ese Tango! Luchando y pidiendo no perder la fe, ante la falta de esperanza, que se ha perdido porque la caridad es un artículo de museo, el agaph, además de cambiar el acento, quedó reducido a una simple picada, un simple y frívolo encuentro. Hay algo o alguien que inspira la queja, el reproche, la cómoda posición de la crítica que no propone, sino que se hunde en su mismo engaño; “Hay un Dios que todo lo ve...”, decía mi vieja, ¡cuánta razón tenía! Es el que dijo: “Hagamos redención del género humano”.
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“Largo es el camino, pero lleno de vida, ante nosotros...” La creación que nos rodea en su belleza insondable, absortos nos encontramos en un mundo perfecto. Creatura divina, el ser humano: la sonrisa del desahuciado, y del pobre; la mano abierta del rico que se siente hermano, que no da lo que le sobra. El perdón de una abusada; el amor sin igual de una prostituta. La lucha de un drogadicto; la sensibilidad de un homosexual. El arrepentimiento de un ladrón y la espera de su madre, la única que sigue saliendo a su encuentro. La mano en el hombro del desconocido y la palabra que alienta y acompaña. ¡Qué va! El dolor por la injusticia en el mundo, la inocencia de un niño, la inocencia de un hombre, y una cruz... y una muerte... y la vida que vence.“Largo es el camino ante nosotros...” y tu no abandonas la obra de tus manos; dulce yugo del que me encuentro necesitado. Dulce soledad, acompañada de tu mirada. Lagrima amarga, la tuya, que alivia al caer, los corazones de los hombres necesitados de redención.“
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Largo es el camino de Dios con nosotros...”
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sábado, 30 de mayo de 2009

Inundación

“... Chiquilín, dame un ramo de vos,
así salgo a vender mis vergüenzas en flor...”
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La experiencia de la inundación, mejor dicho, la experiencia de encuentro con las personas que fueron directamente afectadas por ella, estuvo atravesado por una serie de sentimientos, todos diversos y a veces opuestos: la angustia por la impotencia fue acompañada por la satisfacción de escuchar a algunos sus propias penas y sentir que ese poco de atención y gesto tan simple aliviaba el dolor y quizá daba alguna chispa de esperanza y de dignidad. El rechazo por la situación y el miedo a que “algo” ocurra en el centro de evacuados, estuvo muy de cerca acompañado por el sentir una paternidad por los afectados más directamente, sintiendo como propio el dolor de los “hijos”, y por eso orar mucho por ellos, y velar por las noches su amargo sueño, desando despertar y que todo haya sido una horrible pesadilla. Otro contraste era saber que con gran parte de ellos había diferencias enormes, pero al mismo tiempo saberse hermanos, al menos en el dolor que a todos nos atraviesa en algún momento... sin enunciar, si quiera, el profundo sentimiento de ser todos hijos del mismo Padre.

César Vallejo, poeta peruano, expresa con rudeza la experiencia del dolor con su poema: Los Heraldos negros.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!
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Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema
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Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Ellos (también nosotros), los directamente afectados se vieron enredados no solamente en el sentimiento de pérdida de sus cosas materiales, era como un golpe más a su dignidad, a su autoestima y a su “poquito de orgullo, porque es justo que lo tenga”[2]. Esta situación y experiencia crítica puso sobre el tapete de la vida un fuerte sentimiento de desprotección, de fragilidad del ser humano[3]; las personas volvieron sus ojos sobre sus historias, “como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada” y toda ella, la historia, se vino encima. Fue un tiempo en que pareciera que todo el dolor vivido a lo largo de la propia existencia se “empozara en el alma”, el peso de la vida se hizo sentir.

Volvieron a emerger experiencias de rechazo y marginación, de abandono e injusticia por vivir como se vive, la sensación de la vida es una mierda; mucho resentimiento y mucha pobreza afloraron como una gris flor de otoño. No fue el sólo hecho de la inundación, fue toda una vida, muchas historias concretas, que reflotaron o se pusieron frente a nuestras narices, de ellos y las nuestras, nos mostró lo que vivimos, algo que “ya estaba antes” y que necesitó de esta furia de la naturaleza, y furia de cierta negligencia, para darnos cuenta de cómo estábamos viviendo, de cómo queremos vivir...

Fue una crisis existencial, la de ellos y la nuestra, que nos dejó en “carne viva” frente a nuestra profunda y frágil verdad, que sacó a flote lo mejor... y lo peor de cada uno, y todo ello puesto en común, una especie de “amasijo de carne con madera”. Pura materia prima para que se pueda construir con ella lo mejor posible, una vida más cálida y mejor.

Muchos y muchas, ciertamente lo han aprovechado, han sacado vida de tanta muerte, han podido ver la mano providente que se les tendió, han reconocido la gran cantidad de hermanos que tenían cerca o lejos, no fue una excepción escuchar: “yo ni me trataba con mis vecinos y ahora...”, multitudes reconocieron que eran capaces de ser buenos, de dar amor, de acercarse a esos aparentemente tan diferentes a uno. Pero otros, ni cuenta se dieron de lo que pasó, se quedaron temerosos viviendo “sus vidas”. No hay que juzgar, ya tocará “otra inundación” que los ponga frente al desafío de enfrentar la vida y darse cuenta que la vida es para gastarla en bien de los demás y vivirla junto a los hermanos y hermanas que tenemos y que muchas veces no sabemos.

Ellos y nosotros..., es decir, nosotros, todos los que de alguna manera vivimos más o menos verdaderamente este momento de gracia, a la corta o a la larga, lo agradeceremos profundamente y podremos hacer como el aromo que:

“... Como no tiene reparo
todos los vientos le pegan.
Las heladas lo castigan,
l’agua pasa y no se queda.

Ansina vive el aromo
sin que ninguno lo sepa.
Con su poquito de orgullo
porque es justo que lo tenga.

Pero con l’alma tan linda
que no le brota una queja.
Que no teniendo alegrías
se hace flores de sus penas.

¡eso habrían de envidiarle
los otros si lo supieran!”[4]

[1] Ferrer, Horacio. Chiquilín de Bachín, tango.
[2] Yupanqui, Atahualpa – Risso, Romildo. El aromo. 1977.
[3] En parte podría esto haber hecho que muchos se abrieron nuevamente a la fe, aunque muchos no han logrado salir aún del enojo con una especie de dios castigador que “por algo hace las cosas”.
[4] Ver nota 2.
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