jueves, 25 de junio de 2009

Gaudium et spes

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Para reflexionar:
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Formas y raíces del ateísmo
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19. La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva.
Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.
La palabra "ateísmo" designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que reputa como inútil el propio planteamiento de la cuestión.
Muchos, rebasando indebidamente los límites sobre esta base puramente científica o, por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios.
Hay quienes imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religiosos.
Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo o como adjudicación indebida del carácter absoluto a ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios. La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios.
Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictamen de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las que se debe contar también la reacción crítica contra las religiones, y, ciertamente en algunas zonas del mundo, sobre todo contra la religión cristiana.
Por lo cual, en esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión.
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El ateísmo sistemático
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20. Con frecuencia, el ateísmo moderno reviste también la forma sistemática, la cual, dejando ahora otras causas, lleva el afán de autonomía humana hasta negar toda dependencia del hombre respecto de Dios. Los que profesan este ateísmo afirman que la esencia de la libertad consiste en que el hombre es el fin de sí mismo, el único artífice y creador de su propia historia.
Lo cual no puede conciliarse, según ellos, con el reconocimiento del Señor, autor y fin de todo, o por lo menos tal afirmación de Dios es completamente superflua. El sentido de poder que el progreso técnico actual da al hombre puede favorecer esta doctrina.
Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal.
Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el poder público.

miércoles, 24 de junio de 2009

Fe y dolor

..............................................El dolor es la consecuencia del pecado.
..... ......... .. ....La Fe, consecuencia del amor misericordioso del Padre.

Algunas ideas expresadas, tal cual las ven, para que simplemente sean un elemento que inspire la oración y reflexión de cada cual:

1. El dolor, la angustia y en definitiva la muerte, son consecuencias del pecado (del pecado como mundo, todo aquello que aleja al hombre de Dios y lo encierra en si mismo).

2. Ciertamente estas situaciones que vivimos hacen tambalear nuestra fe, fe que de por si es un claroscuro. No es visión si no misterio. Certeza de lo que no se ve.

3. Dios aprovecha estas pruebas a la fe y facilita nuestro crecimiento.

4. Podemos sin embargo teorizar bastante sobre el tema, ver qué cosa es la fe, el dolor, etc. El asunto es que nuestro corazón ha quedado herido por diversidad de experiencias vividas a lo largo de nuestra existencia, van quedando rencores, odios... y según quien o quienes sean los destinatarios de ese rencor pasa lo siguiente: me enojo con los demás, conmigo o con Dios.

5. Qué hacer ante esto, porque sabemos que el rencor (aunque no lo reconozcamos) nos envenena y seca el corazón. Hay una palabrita bastante olvidada: perdón.

6. El perdón como acto de voluntad que mueve los afectos, da lugar a Dios para sanar esas heridas y capacitarnos nuevamente para recibir, acoger el amor de Dios manifestado en los demás. Los tres perdones que hay son: perdón al prójimo, perdón a uno mismo y perdón a Dios (esto porque muchas veces nos enojamos con él y lo hacemos responsable de muchas cosas, por eso nuestro corazón se enoja, se hiere y es preciso realizar el acto de perdón a Dios, somos nosotros los que lo necesitamos para dejarnos abrazar por Él una vez más).

7. ¿De dónde sacamos esto del perdón? Del ejemplo de Cristo (“perdónales porque no saben lo que hacen”, “perdonar hasta 70 veces 7”, etc.)

8. El perdón es siempre con Cristo, nuestro Señor y Dios, no hay que llegar donde el otro y decirle: “yo te perdono por lo que me hiciste” (eso se ve en mi trato con los demás), porque muy probablemente la persona que nos ha herido en algún momento (hermanos, padre, madre u otro) no se ha dado cuenta o no fue libre cuando lo hizo. No creemos otra herida por sanar la anterior. Una oración sencilla podría ser: “Señor Jesús, yo perdono a ‘fulano’ por hacerme ‘tal cosa’ (precisar la herida) y lo declaro libre e inocente ante ti”. Primero saldrá entre dientes pero irá bajando al corazón y es un modo de decirle al Señor: “perdóname por el rencor que he guardado por tanto tiempo, entra en este lugar al que no te dejaba pasar”.

9. “... Jesús es Dios como el Padre y Hombre como nosotros, incluso más pleno y humano que nosotros. Será en él donde podremos conocer verdaderamente a Dios y conocernos también a nosotros mismos, puesto que vivió todas nuestras experiencias (salvo que no pecó) y desde dentro de nuestra condición humana encontró caminos de vida, incluso en medio del dolor, del temor, la soledad, la angustia y la misma muerte...” (Cuadernillo de espiritualidad. CEI. Fe y dolor. Rodrigo García SJ).

10. Jesús nos hace cambiar radicalmente la imagen de Dios que muchas veces tenemos: El que castiga, el que nos prueba como si fuésemos ratas de laboratorio, el que da y quita caprichosamente... Desde esta visión de Dios vivimos temiendo la muerte y es este temor el que nos esclaviza; no vivimos de cara a la gratuidad del amor de Dios ni de cara a la resurrección de Cristo. Tememos que con la muerte todo acabe.

11. En el ambiente religioso de la época de Jesús se esperaba que Dios irrumpiera y juzgara a todos, salvara a los buenos y destruya a los pecadores. Jesús contradijo esas expectativas y enseñó la conversión a la bondad y amor gratis de Dios, que se daba sin reservas a todos, en especial a los pecadores, Él por propia iniciativa se acerca a nosotros, como un papá o una mamá buscan a sus hijos e hijas. Él se da, no nos da premios o castigos, él mismo se da, todo entero sin cobrarnos nada.

12. “... La muerte voluntaria de Jesús en la cruz y su resurrección para nuestro bien proclaman y realizan el advenimiento de la libertad del Hombre ante Dios. Podemos matar a Dios y Dios no nos va a matar, ni va a desconfiar de nosotros, ni va a retirar su decisión de darse por entero para que vivamos con dignidad, con más plenitud. Podemos mandar a Dios al infierno y desde el mismo infierno regresará Él a ofrecernos su amistad, podemos elegir el infierno y hasta el infierno irá a buscarnos. “Al abdicar de su poder, Dios revela que sólo es amor y amor que salva de la muerte”.

13. El proyecto de Dios para nosotros: Dar la vida. Ante el sufrimiento injusto de una persona inocente, como el de Jesús en la cruz, surge la pregunta: ¿Dónde está Dios? La respuesta cristiana será siempre: “en la cruz”.

14. En definitiva, en Jesús reconocemos la profunda fidelidad de Dios y el amor inconmensurable, inmarcesible (que no se marchita) de él por el hombre. Nos hace hijos, y ¿quién si su hijo le pide pan le da una piedra?, si ustedes que saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más vuestro padre que está en el cielo... bueno, él nos dio lo más preciado: su propio Hijo, Jesucristo.

15. Cristo solidariza, se hace igual en todo menos en el pecado, asume y redime nuestra humanidad herida por el pecado. Se abaja y eleva la condición humana.

Oración para la semana:
Leer todos los días el Salmo 136: Historia del amor de Dios en mi vida.


- Jesús salva. Tenemos la imperiosa necesidad de sanación, de que Cristo nos sane. Sabemos que en el bautismo hemos sido liberados del pecado; ya no tiene poder sobre nosotros, en Cristo salimos vencedores, pero quedan aún en nosotros, muchas veces, las raíces de esas faltas y eso explica un poco que sigamos cayendo.

- Nos esforzamos por cambiar, y una y otra vez nos encontramos fracasando... ¿hemos intentado alguna vez preguntarle a Dios cuál es la raíz de tal o cual pecado? Porque el Señor quiere ir al fondo de las cosas, a las causas hondas y a veces desconocidas para nosotros. No significa realizarse un psicoanálisis e ir sacando afuera todas las experiencias dolorosas o traumáticas que nos hacen reaccionar de diversas maneras, no... sino preguntarle a él, para que sea quien muestre en el momento oportuno, tiempo que él conoce, aquellas raíces que nos quitan libertad y nos alejan de él.

- En general es en la relación con los otros donde encontramos estas raíces (no sólo, pero en general sí), la relación con Dios, con quienes me rodean y conmigo mismo... Dios irá mostrando, si miro con verdad, en qué situaciones y a qué personas tengo que perdonar para darle lugar a Dios para que me sane y libere profundamente.

- Recordatorio: la oración es mirar a Dios, no nuestros problemas... claro que desea que se los entreguemos pero la oración es conversar con él y no con las dificultades.